Es curioso el silencio académico que lo envuelve. Nada he podido leer al respecto, ni en las gramáticas, ni en los diccionarios de dudas, ni en los manuales de español correcto. Y, sin embargo, ahí está, tan campante en el uso diario de políticos, locutores, profesores…, gentes de profesión muy centrada en la lengua.
Es una especie de leísmo que yo llamo ‘de relajo’, y de cierto descuido, porque es un pronombre que se ha quedado hierático, sin referencia al sustantivo plural al que antecede o sigue. Y en ese caso es un uso que no viene a cuento, porque no añade nada, y es, por tanto, evitable sin menoscabo del significado global.
Fíjense en el uso magistral de A. Machado:
“A las palabras de amor LES sienta bien su poquito de exageración”.
“A las palabras de amor LES sienta bien su poquito de exageración”.
(Por qué razón habría que cambiar “les” por “le” si alteramos el orden de los mismos elementos: “les sienta bien su poquito de exageración a las palabras” o “les sienta bien a las palabras un poquito de exageración”.)
La colocación del pronombre “les” escogida por Machado se llama técnicamente anafórica, porque repite el contenido del sustantivo plural que ha salido antes, en este caso “a las palabras”. También puede colocarse delante anunciando al sustantivo plural que viene más tarde. Es lo que se llama uso catafórico: “les trajeron unos bonitos regalos a mis hijos” (“les” = a mis hijos).
En gramática decimos que se trata de un complemento indirecto, le (en singular) y les, en plural. (Poner lo-los, o la-las, en su lugar es incorrección flagrante que tiene nombre, loísmo y laísmo, y que delata una lengua ramplona).
“Hay que decirle a los españoles…”, “no le quitéis importancia a los problemas de…”, “no le echéis perlas a los cerdos”, “… de los usos cotidianos; “echémosle una mirada a uno o dos casos en los que…” (en la traducción de Sobre el crecimiento y la forma, de D’Arcy Thomson, p. 273), “si ha tenido ocasión de echarle una ojeada a los planos…” (Hijos de las estrellas, de D. Roberto Altshuler, p. 114), “y nadie le da importancia a esas pequeñas concesiones…” (en la traducción de Memorias de un revolucionario, de Kropotkin, p. 750), “lo que le digo a mis lectores…” (entrevista a Damasio, en El País Dominical, 7-XI-2010), “le quito el agua a los garbanzos” (Arguiñano, en Tele 5), “le puso música a nuestras vidas” (dice alguien de Augusto Algueró, recién fallecido, en TVE, 16-I-2011), “Rajoy solo le bajaría los impuestos a los autónomos y a los pequeños y medianos empresarios” (Pepa Bueno en el telediario de la 21h., 17-I-2011), “con una condición, la misma que le pongo a todos los licenciados…” (El cosmos en la palma de la mano, de Manuel Lozano Leyva, p. 16)… Incluso en poetas reconocidos actuales: “…cómo deseaba gozar con el misterio del amor inocente/ darle agua a sus niños” ; “en la mitad de su memoria la mamá está de pie/ dándole de comer a las gallinas o …” (Oficio ardiente, de Juan Gelman, pp. 136 y 223, respectivamente)
En los titulares periodísticos, con impresión gruesa y llamativa, la incorrección resulta más descorazonadora: se diría que todo el mundo lo da por bueno y aceptable, cuando no es más que otro descuido del habla, que bien puede atajarse en nuestros estudios gramaticales:
LUIS LE DA UN REPASO A LOS RIVALES (21-VI-2006. Se trata del entonces seleccionador nacional Luis Aragonés) LA OTAN QUIERE CAERLE BIEN A LOS AFGANOS (13-VI-2010) UN OBAMA MÁS OFUSCADO QUE ENFADADO LE CAMBIA EL PASO A LAS TROPAS EN AFGANISTÁN (24-VI-2010)…
(Los tres titulares o encabezamientos corresponden a periódicos de esta localidad desde la que escribo, pero, claramente, son ejemplos extensibles a cualquier otro).
Los casos seleccionados, de variada procedencia (lengua científica, política, periodística, coloquial), no son más que testimonio de un uso muy generalizado, que se puede fácilmente controlar si la Academia y los gramáticos se lo proponen. Aquí no hay controversia posible con las formas “la” o “lo”, como ocurre con el consabido leísmo, ampliamente tratado en los libros de texto. Aquí es solo cuestión de realzar el plural. En todos ellos, la forma correcta es “les”.
¿Qué explicación puede tener un fenómeno tan común y de tan rápido progreso? Solo se me ocurre el contagio. Hay unas expresiones un tanto rígidas, invariables, como frases hechas, del estilo de "hacerle ascos a” algo, “qué se le va a hacer” o “qué le vamos a hacer”…, que parecen conformarse siempre con el singular “le”. “Hacer ascos a la comida” o “hacerle ascos a la comida”; “hacer ascos a los caracoles” o “hacerles asco a los caracoles”. “No les hace ascos a las joyas”, que es lo correcto, parece que suena peor que “no le hace ascos a las joyas”, como que la forma cristalizada en singular es transportable a todas las situaciones. Y de ahí, quizás se extiende con facilidad lábil a los complementos de cosas: “no le tiene miedo a las tormentas, a las dificultades, a los aviones…”; (“este episodio –la doble acentuación de una palabra- le ha ocurrido a palabras como olimpíada/olimpiada…”, en artículo firmado por Luis Cortés), hasta generalizarse después: “no le presta ninguna atención a los viandantes”, “le hace la puñeta a los españoles”, “le roba el balón a los contrarios, y ni se enteran”, “le daban aspecto acogedor a porches, paredes y sombrajos” …