martes, 2 de junio de 2015

“…de cuyo nombre no quiero acordarme” (Cervantes)

Cuando niño, en el corazón de Castilla, en la Tierra de Campos, sin prensa ni televisión, uno se e mpapó a conciencia de viva lengua hablada. Y de aquel entonces, aunque hayamos enriquecido usos y formas, conservamos, conservo, muchos giros, vocablos, expresiones… El que hace al caso tiene que ver con los procesos de la memoria: en los casos de máxima fidelidad del recuerdo, el hablante lo verbalizaba, más o menos, así: “es clavado (clavadito) a su padre”, “es la viva imagen de su padre”, “es talmente su padre”… Las graduales infidelidades de la memoria conllevaban también cierta gradación en su expresión lingüística: un recuerdo algo vago se manifestaba como “se me retrae al padre” y , más fácilmente tratándose de algún suceso,  “*pae (desgaste coloquial de ‘parece’) que quiero acordarme” (de una persona, de un hecho determinado…); y un recuerdo demasiado difuso, ya olvido, a pesar del esfuerzo por recuperarlo, se manifestaba: “*pae que no quiero acordarme”, “creo que no voy a acordarme”, “no hay forma de acordarme”...  Estoy casi seguro que este uso vive todavía, más o menos arrinconado, en los modos castellanos y populares de hablar.

Obsérvense las variaciones significativas de la construcción verbal “querer + infinitivo” en el castellano actual: “quiero formar parte de tu equipo” (voluntad, deseo); “¿quieres dejar de molestar?” (mandato, más o menos rebajado); “quiero acercarme al mercado a ver…”(incoativo, ‘voy a’); “abstruso quiere decir…”  (‘dice, expresa, significa’)…   A lo largo de su historia, esta construcción muestra también distintos valores, varios de los cuales, sin duda, han convivido durante largo tiempo y siguen conviviendo hoy: a poco de entrar en el Poema de Mio Çid (siglo XII) nos sorprende la expresividad de este verso, “apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores”, donde parecen juntarse una cierta personificación (en cuyo caso, tendría un valor similar al actual, como si los gallos con su canto tuvieran la voluntad decidida de acelerar la amanecida) con la idea de ‘van a’, ‘se disponen a’. Y más adelante, en el mismo texto: “salieron de la iglesia, ya quieren cabalgar”, con el significado neto de ‘se disponen a’, ‘van a’.

A mediados del siglo XVI, en la versión del catalán al castellano de Cómo se servía de comer al rey Hernando de Nápoles, de Ruperto de Nola, menudea un uso distinto: “la lamprea quiere ser viva”, “el salmón se quiere comer en el mes de octubre”, “esta salsa quiere ser agrilla”, “el lechón se quiere cortar de esta manera”…, con el significado de necesidad u obligación, como nuestras actuales perífrasis “tiene que ser” o “debe ser”.

Cervantes utiliza esta construcción con valores iguales o muy próximos a los actuales nuestros. Solo algunos ejemplos: “Hermana camera: yo quiero creer que vuestro marido tiene carta de hidalguía, con que vos me confeséis que es hidalgo mesonero” (El coloquio de los perros), en que se unen los matices modales, de voluntad -“estoy dispuesto a”- con los aspectuales de comienzo de acción, “voy a creer”.

 La misma estructura verbal con otro valor: “Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, […] y al cabo se vino a llamar Don Quijote, de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir” (Don Quijote, I, fin del cap. 1); “…porque era uno de los ricos harrieros de Arévalo, según lo dice el autor de esta historia, que deste harriero hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo” (id, cap. XVI). En ambos casos, la estructura verbal ‘querer + infinitivo’ es equivalente a “dicen” o “llegan a decir”. Según estos ejemplos, “querer + decir” o, por qué no, “querer + acordarse” no son distintos de “llegar a decir” o “conseguir acordarse”. Y por tanto, “no querer acordarse” –como en el uso que aprendí de niño- no pasaría de ser “no acordarse”, “no lograr recordar”, sin otros valores añadidos.

En otros casos, el uso cervantino anticipa el que es general hoy, aunque contagiado también por el significado temporal de comienzo inminente de acción, “ir a”: la Nueva Gramática Española, vol. II, 28.4ª-4f, pone este ejemplo: “Mas esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta el día de mi muerte (Cervantes, Quijote I)”. Esta equivalencia con la perífrasis “ir a+ infinitivo” “pervive en la (lengua) actual, con pujanza algo mayor en el español americano que en el europeo”.

A lo que voy, de todas maneras, no es a constatar ni explicar los distintos significados de la construcción “querer + infinitivo”, ni sincrónica ni diacrónicamente, ni tampoco su uso tangente a las perífrasis verbales, sino a hacer valer aquel uso aprendido en el centro de Castilla –probablemente todavía muy vivo entre las gentes de pueblo no demasiado contaminadas por la lengua ‘globalizadora’ de los medios televisivos y radiofónicos, sobre todo-, uso en el que “quiero acordarme” era tanto como “me voy acordando”, “me acuerdo”, y “no quiero acordarme”, equivalente a “no voy a acordarme”, “no voy a lograr recordarlo”, “no me acuerdo”. (Por supuesto, en sana cohabitación con otros valores modales o aspectuales de esa misma construcción).

Viniendo a Cervantes, al comienzo de su Quijote: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” Leído con ojos y mente actuales, se diría –se ha dicho- que Cervantes estaba molesto, dolido, con esa población manchega que le había deparado algún muy gordo disgusto. Quizás la población en la que estuvo preso. Y el autor, por ello, la relegaría al limbo de lo no nombrado. Pero –modestamente- podría no ser esa la lectura correcta. Acaso Cervantes, sencillamente, finge no recordar dónde vivía don Alonso Quijano, para dejar intencionadamente borrosa la localización del arranque narrativo. Sin retrancas ni resabios, sin resquemores ni malquerencias añadidos. (¿Cómo se compaginarían, en su sabia madurez, estos sinsabores locales y menudos con sus recreaciones vivas de los tiempos de cautiverio, llenas de penalidades y frustraciones, lejos de su patria, tan minuciosamente reproducidos en su teatro y en el mismo Quijote, y siempre sin “pésetes ni reniegos”?)

Por otra parte, en otras narraciones suyas, encontramos dos comienzos muy repetidos: uno, en que especifica al detalle la localización de la narración, y otro, en que diluye dicha ubicación. “Salía del hospital de la Resurrección, que está en Valladolid fuera de la puerta del Campo…” (El casamiento engañoso); “Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama Castilblanco…” (Las dos doncellas); “En la venta del Molinillo…” (Rinconete y Cortadillo)… Mientras, en otros casos, le interesa más una localización menos  precisa: “En Burgos, ciudad ilustre y famosa…” (La ilustre fregona); “Una noche, en Toledo…” (La fuerza de la sangre); “Paseándose dos caballeros estudiantes por las orillas del Tormes…” (El licenciado Vidriera); “Paseando por cierta calle de Salamanca…” (La tía fingida); “No ha muchos años que de un lugar de Extremadura salió un hidalgo…” (El celoso extremeño)…: apunta en la dirección que interesa, pero no baja a detalles.

Aquí, en esta localización voluntariamente menos exacta, me gustaría a mí encajar el comienzo de El Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” (no consigo acordarme, no me acuerdo). ¿Podría ser?
                                                                 (Mayo, 2015. En el 4º centenario de Don Quijote)                                                                 


miércoles, 11 de marzo de 2015

Algunos cambios que nos chocan



Cuando joven, tenía un compañero de excelente humor e ingenio, que parodiaba el habla rústica con el chascarrillo “diez años aprendiendo a decir ‘pindíncula, pindíncula’, y ahora se dice film”. Pues eso nos ha pasado a nosotros, profesores de lengua castellana, ya jubilados y maduros. Enseñamos largo tiempo y machaconamente algunas cosas que, ahora, la Real Academia de la Lengua sanciona como buenos y aceptables, ¿solo porque se han generalizado?, determinados usos que nosotros tildábamos de incorrectos.  

Solo dos ejemplos. (Dejemos de lado ‘solo’, que enseñamos a tildarlo como adverbio – ‘sólo’,  sustituible por ‘solamente’- y a no hacerlo en el caso de adjetivo –‘un jilguero solo’, que cambia a femenino si decimos ‘una alondra sola’, cosa que aclara su naturaleza de adjetivo. Ahora ha quedado ‘ad libitum’. Desde nuestro modesto entender, era más razonable haber mantenido la norma como estaba, que tenía su sentido).  No nos gustaría una Academia autoritaria, pero reconocemos su autoridad para marcarnos, razonadamente, lo que es o no es correcto: fiel a su lema, debe fijar, amén de limpiar y dar esplendor.  Por supuesto que a la Academia había que quitarle resabios autoritarios dieciochescos y decimonónicos. Por eso, por ejemplo, ya no son designados los académicos, ni haldean obispos por allí que nos colaron conceptos tan absurdos como ‘noviciote’, y tantos y tantos matices de moralina hipócrita.  

Con Lázaro Carreter enseñamos a nuestros alumnos que el verbo ‘enervar’ no significa lo que el mal uso quiere, `poner nervioso’, sino todo lo contrario, ‘dejarle a uno fláccido, laxo’. Porque el origen del término así lo exige, ‘ex’ (preposición con la idea de ‘quitar’) y ‘nerv’ (lexema de nervio, ‘quitar, neutralizar los nervios’). Delibes, entre los autores más próximos y a quien leí con especial atención para mi tesis, lo utiliza siempre así de correctamente en sus textos. Bueno, pues la Academia, hoy, da por buenos los dos valores,  ‘quedarse flojo, sin nervio’, y ‘poner nervioso, de subirse por las paredes’. (Es verdad que la preposición ‘en’ –como  en endulzar, entubar, empeorar…- asimilada a ‘e’ aparece en otros términos, como ‘edulcorar’,…, con la idea de ‘poner’. Pero no es esa la razón del uso popular, ni creo que haya sido la causa del cambio académico). El uso popular, incorrecto hasta ahora, se debía al desconocimiento del verdadero significado del término, y yo desconozco por qué la Academia ha cambiado su norma. De ella esperamos que decida qué es  o no es correcto, no que ceda ante la incorrección más o  menos general. (Nuestra pelea por la pronunciación llana de elite también ha sido inútil; vale tanto como élite, extraña a su etimología francesa, ‘élite’, de pronunciación aguda   –con acento en la i, por ser muda la e final-, como correspondería al préstamo galo al español, elite, acorde con la tendencia de nuestra lengua a la prosodia llana).

El segundo ejemplo es el del uso del verbo ‘resaltar’. Nosotros enseñábamos que no era ‘yo resalto, tú resaltas, él resalta…” Nosotros no resaltamos un problema, unos datos, la importancia de no sé qué. Resaltar deriva de saltar y tiene la misma relación con su sujeto: la pelota salta, el niño salta, las gotas de lluvia saltan… Con la diferencia de que saltar puede ser transitivo –el niño salta la valla- y resaltar es intransitivo. Por tanto, “la Giralda resalta sobre los tejados sevillanos”, “el paro resalta entre las preocupaciones de los españoles”, “el tenis español resalta por encima de otros deportes individuales”… 

Años atrás lo tenían más claro. Ramón y Cajal lo utiliza siempre con escrupulosa corrección: “En otras cartas resaltan estos dos excelentes consejos…”; “Seductor es el libro II, donde resalta un elogio elocuente de la vida rural”; “Ni debemos olvidar a Marcial…; entre sus monótonas liviandades resaltan algunos epigramas picantes y divertidos” (Memorias, pp.366, 380 y 392, respectivamente) 
Los comprensibles descuidos del habla arrastraron el término a sustituir a ‘destacar’, ‘subrayar’, ‘poner de relieve’…, haciéndolo transitivo y, por tanto necesitado de complemento directo: “los periodistas resaltaron la actuación del árbitro como decisiva en la derrota”, “los Gobiernos resaltan la necesidad de ajustes…”, “tenemos que resaltar la figura de…” Este es el uso en cuya corrección pusimos nuestro empeño los profesores de lengua, sin demasiado éxito, como se puede ver por la generalización de la incorrección.  Y así se puede leer en periódicos y en toda suerte de textos, incluso los científicos; uso refrendado ahora por la autoridad académica.

Claro que la lengua ‘tiene vida’, cambia, se enriquece con aportes nuevos. Claro que no tenemos ningún prejuicio que nos impida aceptar una solución u otra y que, por tanto, rechazamos cualquier puritanismo lingüístico contumaz. Pero también es claro, y así lo deben ver los garantes de la elegancia y corrección de nuestra lengua, que se relativizan demasiado los conceptos de corrección-incorrección, si lo que inculcamos machaconamente, a la postre  resulta infructuoso, no tanto por la dejadez de los alumnos, sino por  relajo y tolerancia académicos.  Desmoraliza pensar en la provisionalidad de lo que enseñamos, en la contingencia de la corrección, en la levedad de la norma.
¿Cuándo y por qué razones se deja de tachar de incorrecto un determinado uso? Las razones de su incorrección siguen siendo válidas.

‘Remarcar’, ‘handicap’,  ‘kindergarten’… eran extranjerismos innecesarios hasta hace poco. ¿Manda, por encima de todo, el uso mayoritario? Si es la lengua cuestión democrática, habrá que dar carné español de identidad a *palante, *llegao, *to-los días,  *dijistis, etc. Incluso esas formas contractas creadas por los labriegos castellanos con tanto acierto, como *dijon, *trajon y *puson, que encierran con magistral economía el sema correspondiente y  los morfemas verbales de tiempo, número y persona.  

¿Habremos de aceptar el uso de *estadío, por más generalizado que esté en las facultades de Ciencias de Salamanca, que - con cierto escándalo, sin duda- lo exportan a toda Hispanoamérica, cuando menos?