Cuando niño, en el
corazón de Castilla, en la Tierra de Campos, sin prensa ni televisión, uno se
e mpapó a conciencia de viva lengua hablada. Y de aquel entonces, aunque hayamos
enriquecido usos y formas, conservamos, conservo, muchos giros, vocablos,
expresiones… El que hace al caso tiene que ver con los procesos de la memoria:
en los casos de máxima fidelidad del recuerdo, el hablante lo verbalizaba, más
o menos, así: “es clavado (clavadito) a su padre”, “es la viva imagen de su
padre”, “es talmente su padre”… Las graduales infidelidades de la memoria
conllevaban también cierta gradación en su expresión lingüística: un recuerdo
algo vago se manifestaba como “se me retrae al padre” y , más fácilmente tratándose
de algún suceso, “*pae (desgaste
coloquial de ‘parece’) que quiero acordarme” (de una persona, de un hecho
determinado…); y un recuerdo demasiado difuso, ya olvido, a pesar del esfuerzo
por recuperarlo, se manifestaba: “*pae que no quiero acordarme”, “creo que no
voy a acordarme”, “no hay forma de acordarme”... Estoy casi seguro que este uso vive todavía,
más o menos arrinconado, en los modos castellanos y populares de hablar.
Obsérvense las variaciones
significativas de la construcción verbal “querer + infinitivo” en el castellano
actual: “quiero formar parte de tu equipo” (voluntad, deseo); “¿quieres dejar
de molestar?” (mandato, más o menos rebajado); “quiero acercarme al mercado a
ver…”(incoativo, ‘voy a’); “abstruso quiere decir…” (‘dice, expresa, significa’)… A lo largo de su historia, esta construcción
muestra también distintos valores, varios de los cuales, sin duda, han convivido
durante largo tiempo y siguen conviviendo hoy: a poco de entrar en el Poema de Mio Çid (siglo XII) nos
sorprende la expresividad de este verso, “apriessa cantan los gallos e quieren
quebrar albores”, donde parecen juntarse una cierta personificación (en cuyo
caso, tendría un valor similar al actual, como si los gallos con su canto
tuvieran la voluntad decidida de acelerar la amanecida) con la idea de ‘van a’,
‘se disponen a’. Y más adelante, en el mismo texto: “salieron de la iglesia, ya
quieren cabalgar”, con el significado neto de ‘se disponen a’, ‘van a’.
A mediados del siglo
XVI, en la versión del catalán al castellano de Cómo se servía de comer al rey Hernando de Nápoles, de Ruperto de
Nola, menudea un uso distinto: “la lamprea quiere ser viva”, “el salmón se
quiere comer en el mes de octubre”, “esta salsa quiere ser agrilla”, “el lechón
se quiere cortar de esta manera”…, con el significado de necesidad u obligación,
como nuestras actuales perífrasis “tiene que ser” o “debe ser”.
Cervantes utiliza
esta construcción con valores iguales o muy próximos a los actuales nuestros.
Solo algunos ejemplos: “Hermana camera: yo quiero creer que vuestro marido
tiene carta de hidalguía, con que vos me confeséis que es hidalgo mesonero” (El coloquio de los perros), en que se
unen los matices modales, de voluntad -“estoy dispuesto a”- con los aspectuales
de comienzo de acción, “voy a creer”.
La misma estructura verbal con otro valor: “Quieren
decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, […] y al cabo se vino a
llamar Don Quijote, de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores
que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron
decir” (Don Quijote, I, fin del cap.
1); “…porque era uno de los ricos harrieros de Arévalo, según lo dice el autor
de esta historia, que deste harriero hace particular mención, porque le conocía
muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo” (id, cap. XVI). En
ambos casos, la estructura verbal ‘querer + infinitivo’ es equivalente a
“dicen” o “llegan a decir”. Según estos ejemplos, “querer + decir” o, por qué
no, “querer + acordarse” no son distintos de “llegar a decir” o “conseguir acordarse”.
Y por tanto, “no querer acordarse” –como en el uso que aprendí de niño- no pasaría
de ser “no acordarse”, “no lograr recordar”, sin otros valores añadidos.
En otros casos, el
uso cervantino anticipa el que es general hoy, aunque contagiado también por el
significado temporal de comienzo inminente de acción, “ir a”: la Nueva Gramática Española, vol. II, 28.4ª-4f,
pone este ejemplo: “Mas esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo
tendrás secreto hasta el día de mi muerte (Cervantes, Quijote I)”. Esta
equivalencia con la perífrasis “ir a+ infinitivo” “pervive en la (lengua)
actual, con pujanza algo mayor en el español americano que en el europeo”.
A lo que voy, de todas
maneras, no es a constatar ni explicar los distintos significados de la
construcción “querer + infinitivo”, ni sincrónica ni diacrónicamente, ni
tampoco su uso tangente a las perífrasis verbales, sino a hacer valer aquel uso
aprendido en el centro de Castilla –probablemente todavía muy vivo entre las
gentes de pueblo no demasiado contaminadas por la lengua ‘globalizadora’ de los
medios televisivos y radiofónicos, sobre todo-, uso en el que “quiero
acordarme” era tanto como “me voy acordando”, “me acuerdo”, y “no quiero
acordarme”, equivalente a “no voy a acordarme”, “no voy a lograr recordarlo”,
“no me acuerdo”. (Por supuesto, en sana cohabitación con otros valores modales
o aspectuales de esa misma construcción).
Viniendo a
Cervantes, al comienzo de su Quijote: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre
no quiero acordarme…” Leído con ojos y mente actuales, se diría –se ha dicho-
que Cervantes estaba molesto, dolido, con esa población manchega que le había
deparado algún muy gordo disgusto. Quizás la población en la que estuvo preso.
Y el autor, por ello, la relegaría al limbo de lo no nombrado. Pero
–modestamente- podría no ser esa la lectura correcta. Acaso Cervantes,
sencillamente, finge no recordar dónde vivía don Alonso Quijano, para dejar
intencionadamente borrosa la
localización del arranque narrativo. Sin retrancas ni resabios, sin resquemores
ni malquerencias añadidos. (¿Cómo se compaginarían, en su sabia madurez, estos sinsabores
locales y menudos con sus recreaciones vivas de los tiempos de cautiverio, llenas
de penalidades y frustraciones, lejos de su patria, tan minuciosamente
reproducidos en su teatro y en el mismo Quijote,
y siempre sin “pésetes ni reniegos”?)
Por otra parte, en
otras narraciones suyas, encontramos dos comienzos muy repetidos: uno, en que
especifica al detalle la localización de la narración, y otro, en que diluye dicha
ubicación. “Salía del hospital de la Resurrección, que está en Valladolid fuera
de la puerta del Campo…” (El casamiento
engañoso); “Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama
Castilblanco…” (Las dos doncellas); “En
la venta del Molinillo…” (Rinconete y Cortadillo)… Mientras, en otros casos, le
interesa más una localización menos
precisa: “En Burgos, ciudad ilustre y famosa…” (La ilustre fregona); “Una noche, en Toledo…” (La fuerza de la sangre); “Paseándose dos caballeros estudiantes por
las orillas del Tormes…” (El licenciado
Vidriera); “Paseando por cierta calle de Salamanca…” (La tía fingida); “No ha muchos años que de un lugar de Extremadura
salió un hidalgo…” (El celoso extremeño)…:
apunta en la dirección que interesa, pero no baja a detalles.
Aquí, en esta
localización voluntariamente menos exacta, me gustaría a mí encajar el comienzo
de El Quijote: “En un lugar de la
Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” (no consigo acordarme, no me
acuerdo). ¿Podría ser?
(Mayo, 2015. En el 4º centenario de Don
Quijote)