Cuando joven, tenía un compañero de excelente humor e
ingenio, que parodiaba el habla rústica con el chascarrillo “diez años
aprendiendo a decir ‘pindíncula, pindíncula’, y ahora se dice film”. Pues eso
nos ha pasado a nosotros, profesores de lengua castellana, ya jubilados y
maduros. Enseñamos largo tiempo y machaconamente algunas cosas que, ahora, la
Real Academia de la Lengua sanciona como buenos y aceptables, ¿solo porque se
han generalizado?, determinados usos que nosotros tildábamos de incorrectos.
Solo dos ejemplos. (Dejemos de lado ‘solo’, que enseñamos a
tildarlo como adverbio – ‘sólo’,
sustituible por ‘solamente’- y a no hacerlo en el caso de adjetivo –‘un
jilguero solo’, que cambia a femenino si decimos ‘una alondra sola’, cosa que
aclara su naturaleza de adjetivo. Ahora ha quedado ‘ad libitum’. Desde nuestro
modesto entender, era más razonable haber mantenido la norma como estaba, que
tenía su sentido). No nos gustaría una
Academia autoritaria, pero reconocemos su autoridad para marcarnos,
razonadamente, lo que es o no es correcto: fiel a su lema, debe fijar, amén de limpiar y dar esplendor. Por supuesto que a la Academia había que
quitarle resabios autoritarios dieciochescos y decimonónicos. Por eso, por
ejemplo, ya no son designados los académicos, ni haldean obispos por allí que
nos colaron conceptos tan absurdos como ‘noviciote’, y tantos y tantos matices
de moralina hipócrita.
Con Lázaro Carreter enseñamos a nuestros alumnos que el
verbo ‘enervar’ no significa lo que el mal uso quiere, `poner nervioso’, sino
todo lo contrario, ‘dejarle a uno fláccido, laxo’. Porque el origen del término
así lo exige, ‘ex’ (preposición con la idea de ‘quitar’) y ‘nerv’ (lexema de
nervio, ‘quitar, neutralizar los nervios’). Delibes, entre los autores más
próximos y a quien leí con especial atención para mi tesis, lo utiliza siempre
así de correctamente en sus textos. Bueno, pues la Academia, hoy, da por buenos
los dos valores, ‘quedarse flojo, sin
nervio’, y ‘poner nervioso, de subirse por las paredes’. (Es verdad que la
preposición ‘en’ –como en endulzar,
entubar, empeorar…- asimilada a ‘e’ aparece en otros términos, como
‘edulcorar’,…, con la idea de ‘poner’. Pero no es esa la razón del uso popular,
ni creo que haya sido la causa del cambio académico). El uso popular, incorrecto
hasta ahora, se debía al desconocimiento del verdadero significado del término,
y yo desconozco por qué la Academia ha cambiado su norma. De ella esperamos que
decida qué es o no es correcto, no que
ceda ante la incorrección más o menos
general. (Nuestra pelea por la pronunciación llana de elite también ha sido
inútil; vale tanto como élite, extraña a su etimología francesa, ‘élite’, de
pronunciación aguda –con acento en la
i, por ser muda la e final-, como correspondería al préstamo galo al español,
elite, acorde con la tendencia de nuestra lengua a la prosodia llana).
El segundo ejemplo es el del uso del verbo ‘resaltar’.
Nosotros enseñábamos que no era ‘yo resalto, tú resaltas, él resalta…” Nosotros
no resaltamos un problema, unos datos, la importancia de no sé qué. Resaltar
deriva de saltar y tiene la misma relación con su sujeto: la pelota salta, el
niño salta, las gotas de lluvia saltan… Con la diferencia de que saltar puede
ser transitivo –el niño salta la valla- y resaltar es intransitivo. Por tanto,
“la Giralda resalta sobre los tejados sevillanos”, “el paro resalta entre las
preocupaciones de los españoles”, “el tenis español resalta por encima de otros
deportes individuales”…
Años atrás lo tenían más claro. Ramón y Cajal lo utiliza
siempre con escrupulosa corrección: “En otras cartas resaltan estos dos
excelentes consejos…”; “Seductor es el libro II, donde resalta un elogio
elocuente de la vida rural”; “Ni debemos olvidar a Marcial…; entre sus
monótonas liviandades resaltan algunos epigramas picantes y divertidos” (Memorias, pp.366, 380 y 392,
respectivamente)
Los comprensibles descuidos del habla arrastraron el término
a sustituir a ‘destacar’, ‘subrayar’, ‘poner de relieve’…, haciéndolo
transitivo y, por tanto necesitado de complemento directo: “los periodistas
resaltaron la actuación del árbitro como decisiva en la derrota”, “los
Gobiernos resaltan la necesidad de ajustes…”, “tenemos que resaltar la figura
de…” Este es el uso en cuya corrección pusimos nuestro empeño los profesores de
lengua, sin demasiado éxito, como se puede ver por la generalización de la
incorrección. Y así se puede leer en
periódicos y en toda suerte de textos, incluso los científicos; uso refrendado
ahora por la autoridad académica.
Claro que la lengua ‘tiene vida’, cambia, se enriquece con
aportes nuevos. Claro que no tenemos ningún prejuicio que nos impida aceptar
una solución u otra y que, por tanto, rechazamos cualquier puritanismo
lingüístico contumaz. Pero también es claro, y así lo deben ver los garantes de
la elegancia y corrección de nuestra lengua, que se relativizan demasiado los
conceptos de corrección-incorrección, si lo que inculcamos machaconamente, a la
postre resulta infructuoso, no tanto por
la dejadez de los alumnos, sino por
relajo y tolerancia académicos.
Desmoraliza pensar en la provisionalidad de lo que enseñamos, en la
contingencia de la corrección, en la levedad de la norma.
¿Cuándo y por qué razones se deja de tachar de incorrecto un
determinado uso? Las razones de su incorrección siguen siendo válidas.
‘Remarcar’, ‘handicap’, ‘kindergarten’… eran extranjerismos innecesarios hasta hace poco. ¿Manda, por encima de todo, el uso mayoritario? Si es la lengua cuestión democrática, habrá que dar carné español de identidad a *palante, *llegao, *to-los días, *dijistis, etc. Incluso esas formas contractas creadas por los labriegos castellanos con tanto acierto, como *dijon, *trajon y *puson, que encierran con magistral economía el sema correspondiente y los morfemas verbales de tiempo, número y persona.
¿Habremos de aceptar el uso de *estadío, por más
generalizado que esté en las facultades de Ciencias de Salamanca, que - con
cierto escándalo, sin duda- lo exportan a toda Hispanoamérica, cuando menos?
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